lunes, 31 de octubre de 2005

Tres años

Cumplimos tres años, ella y nosotros. Ella de haber llegado a esta existencia, a este plano, a esta vida, en la que ella se llama Emilia Lucía y es una encantadora princesa, rubia, flaca, ojos grandes, sonrisa infinita. Yo, de haberme convertido en madre, de ser sustento, cuidadora, ejemplo. Pepe, de ser papá canguro, entregado como nadie, hábil en todas las actividades de bebés y niñas, porque lo único que no ha hecho por ella es lo que la naturaleza me permitía solo a mi.

Ella es vital, un dínamo con piernas largas que parece no agotarse nunca y cargarse de aire, sol y salchichas con tomate. Es una mujer de carácter fuerte, impositiva, malgenio, pero dulce y cariñosa, compasiva con los que lloran, los que están tristes, los que están enojados.

Ella está acostumbrada a dormirse cargada, grave error de nuestra impericia. Ella aún aparece por las noches porque no sabe volver a dormirse sola, se para en mi lado de la cama y se escurre entre las sábanas para amanecer en cama familiar, yo hecha un sánduche de incomodidad porque la señorita se mueve y estira a cada momento; Pepe balanceándose en el borde, empujado por nosotras. Son tres años de no dormir bien, se supone que cuando tienes hijos nunca más dormirás como antes, en total inconsciencia. No, no es solo por tener la responsabilidad de velar por ellos, es porque no TE DEJAN dormir igual.

Ella nos salvó del cinismo, de la comodidad, de la inercia de una vida de adultos. Ella nos ha permitido valorar los momentos en que somos personas, pareja, y no padres. Ella nos distrae, nos trae de vuelta las ilusiones de la infancia, ella, que descubre a cada paso un mundo nuevo. Ella que nos permite volver a ver muñequitos, aprendernos las nuevas canciones, jugar con los nuevos juguetes. Ella es la vida que se renueva, se reinventa y se asombra. No sabíamos en lo que nos metíamos pero estamos felices de haberlo hecho... la mayor parte del tiempo.

Ella nos hace pensar en el tiempo y la permanencia y el legado. En lo que tiene de cada uno, en lo que aprende de cada uno. Ella nos ha hecho temer por primera vez a la partida anticipada, ella nos hace pedir un año más de vida para acompañarla, para proveer para ella sustento, amor, enseñanza. Ella nos hace aferrarnos a la vida, trabajar con alegría, saborear el cansancio cotidiano porque lo paga todo con intereses con un beso inesperado, con sus risas y sus carreras que vibran por toda la casa, con cada aprendizaje, cada avance, cada descubrimiento.

Ella es sonrisas y besos y abrazos locos. Ella es caramelos y helados; leche-teta, canguil y sopitayabóz. Ella es “tequieroyoytuami”. Ella es “Emilia Preciosa” y hoy, en el día de las brujas, los duendes y las hadas, cumple tres años. Nada es casualidad, hoy además, nació otra princesa en España.

martes, 25 de octubre de 2005

Ayer lo vi

Ayer lo vi, parado en una esquina, esperando a su auto blanco, acompañado de dos guardaespaldas. Estaba solo, delgado, envejecido pero bien parado, columna recta, manos sin temblores. Esta viejo, viejo, viejo. Tiene todo el pelo blanco (pero ahí sigue esa melena imposible), las arrugas pronunciadas, la cara un poco desencajada por la pérdida del ojo. Estaba allí, la encarnación de todas nuestras quejas, la personificación de ese poder exagerado que le atribuye el colectivo. El dueño del país, el ex alcalde, el líder vitalicio de ese partido, el ex presidente. Le han dicho el innombrable, el cíclope, el felino. Yo escribí hace (¡Dios!) seis años una de mis crónicas mejor logradas sobre sus ruedas de prensa en la alcaldía, a las que tuve el privilegio de asistir.

No se confundan, desprecio sus actitudes, sus juicios, sus opiniones, sus manipuleos tanto como cualquiera con un poco de inteligencia y esperanza de que mi paisito un día por fin deje de ser un feudo, una Banana Republic (en esa tienda nos deberían descuento a los nativos...). Pero reconozco su importancia, aunque en muchos de sus pasajes sea nefasta, para la historia nacional. Y puedo decir que lo he visto en acción, haciendo Historia. Lo he escuchado lanzar fuego por la boca sobre cualquier tema que cualquiera le pregunte. Y he presenciado su encanto de serpiente, su presencia fuerte, su carisma arrollador.

Ayer lo vi, veníamos hablando de política, lo nombramos varias veces, hablábamos de su opinión rebuscada respecto de la tal Asamblea Constituyente. En la Plaza de la Administración, antes de doblar hacia esa cuadra, donde lo vimos, Pepe lo había comparado con Uribe, como del equipo de los malos. Y yo acababa de decir que Uribe no le llega a los talones en maldad. Y enseguida, allí estaba. Me asusté, me sentí como alguien debe sentir cuando ve al diablo. Como para que nos quede de experiencia que no se debe invocarlo en vano. Uno podría encontrárselo por ahí, parado en una esquina, esperando su auto. Solo. Viejo. Humano.

miércoles, 19 de octubre de 2005

Sentidos

Sentimos con la piel, los ojos, los oídos, la nariz y la lengua. Ellos nos traen el mundo hasta la ventana de nuestra conciencia, nos ayudan a establecer cómo es: a qué sabe, que temperatura tiene, cómo suena, cómo luce. Pero la balanza de los dones, esta muy particular que tiene cinco lados, se nos inclina para unos lados y para otros no.

Mi sentido dominante es el olfato que, dicen los que saben, está muy enredado con la memoria. Y es cierto: un olor me trae de golpe un recuerdo, un lugar, una imagen, una emoción, una sensación, una compañía.

Recuerdo el olor de la casa de Ballenita aún cerrada, la humedad oscura de los cuartos, la frescura del mar al abrir las ventanas, hasta me atrevo a decir que allí se mezcla también el olor de la polilla de los maderos que cubren el espacio entre las ventanas y las telas metálicas. Y con ese olor, me llegan la libertad, la comodidad, la fantasía de esa preciada adolescencia en el “claustro con piscina”, Michelle, Henry, Jaime y yo, en cuarteto insuperable de la temporada de 1988.

Hay olores que son para mi hogar, calor, seguridad. El olor a chimenea y esencia de romero del departamento de Lucía, la magia de una torta de chocolate en el horno, las ollas con agua hirviendo y eucalipto que mi abuela ponía en cada cuarto con las ventanas cerradas una vez al año para desinfectar el ambiente.

El olfato es de los sentidos más animales que tenemos, como ellos, nos reconocemos unos a otros por nuestra fragancia, pura química interna. Tengo el olor fuerte de mi mamá en su almohada, sus ropas, su cama y en contraste; el sutil olor de mi esposo en la pijama que queda bajo su almohada cuando se ha ido de viaje; el olor agridulce de la cabeza sudada de la princesa más parecido al mío que al del papá con quien comparte tantos rasgos similares.

Me encantan los perfumes, los inciensos, los aceites esenciales. Me fascina el olor del ajo en aceite caliente, el de las hierbas, las frutas, los condimentos, las nueces tostadas, el canguil en el microondas. Me gusta la gente que huele solo cuando les das un abrazo apretadito y te llega el golpe de la mezcla única que hacen piel y perfume. Y si, me cambió la vida la novela de Patrick Suskind. Me reafirmó el poder de los aromas y las narices.

Detecto las fugas de gas, las ollas quemadas y los “accidentes” de los pañales mucho antes que el resto. Si, me afectan los malos olores pero, he aquí mi capacidad única: puedo filtrar olores, “cierro” mentalmente la nariz (ojo, sin usar los dedos) y respiro por la boca. Así puedo manejar a una cuadra del carro de la basura, soportar los olores humanos que se sienten en las aglomeraciones y así pude resistir aquel olor a quemado, a flema y sangre.

Voy a incluir aquí en una subcategoría el sentido del gusto porque van amarraditos, por eso, cuando tenemos gripe la comida no sabe porque, para empezar, no huele. Y aunque la finura del paladar es algo que se desarrolla paladeando, algo de práctica tengo en adivinanzas de ingredientes, en cata aficionada de vinos tintos con la experta guía del vecino francés.

El segundo lugar es para el oído pero no al nivel de que puedo detectar si un músico apenas desafinó o se atrasó en el compás ni si el equipo de sonido está mal ecualizado. Nada de sutilezas así. Lo mío va más por el lado de la memoria musical. Reconozco canciones, recuerdo letras, con pocos compases. Y también es una cuestión de tipo más emotivo que con ínfulas de musicóloga. No soy como esos amigos que con escuchar una canción de un grupo X, digamos que Los Beatles, unen a la memoria auditiva el conocimiento de quien tocó que instrumento y en qué estudio se grabó esa versión en particular y si para ese entonces John miraba mal a Paul y Ringo estaba o no con problemas de hemorroides. (¿Acaso han visto esos banquitos de bateristas?).

En empate en el tercer lugar, asigno la vista y el tacto. Pero en una función particular, la de la intuición. Eso, a la interpretación sensorial que nos da ese algo que los ojos registran y la piel percibe. Eso que te hace rechazar a una persona a flor de piel con saludarla una vez o que te permite detectar las frases no dichas, las verdades que la voz oculta pero el lenguaje corporal grita. Eso que te comunica cuando en una pareja hay un desbalance de afectos, por como mira ella, como se abstrae él cuando ella habla, como los cuerpos no ajustan, no se complementan.

Aqui llega, la parte interactiva, la pregunta al viento, el combustible para la cajita de comentarios. Esta vez tengo dos vertientes de preguntas. La primera relacionada con el olfato: ¿A qué hueles? ¿Qué olor te gusta? ¿Hay algún aroma que asocies conmigo?

Esta es la segunda: Ojos, narices, lenguas, pieles, orejas... ¿cual es tu sentido consentido?

lunes, 3 de octubre de 2005

Héroes de la ciudad

“Debe ser alguien especial/ que nos pueda ayudar/ debe ser alguien/ que no tenga miedo/ es una misión para un héroe amigo/ un héroe amigo.

“Soy un héroe amigo/ con honor/ aprenderás lo que te enseñaré yo/ con mucho esfuerzo y dedicación/ tú puedes ser un héroe como yo/ un héroe como yo”.


Canción de "Los héroes de la ciudad", Disney Channel

Pasaron anoche por la ventana de mi departamento. Pasaron con las sirenas encendidas, colgados de las ventanas, techos, costados, escaleras de sus relucientes camiones rojos. Uniformados de camisetas azules y una especie de sobretodos azules con rayas amarillas. Saludaban a la gente que se agolpó en los balcones del Malecón a verlos pasar. La llegada se anunció con varias cuadras de anticipación. Ese ruido que cuando lo escuchamos, solitario, una noche o tarde cualquiera, nos asusta; anoche era de fiesta.

Los bomberos de Guayaquil son una de las pocas cosas que me llenan de orgullo de ser guayaquileña. Ahí esta la famosa identidad, el cacareado maderadeguerrero. Me fascinan los bomberos, sobre todo los voluntarios. Nadie les paga, nadie les costea ni el estudio, ni gran parte de los equipos que adquieren o importan por su cuenta, ni las horas de guardia en una estación. Son hombres y mujeres, jóvenes universitarios, padres de familia, gerentes, profesionales, abuelos. Tienen la radio a su lado, siempre. Saltan en la noche a la voz de incendio, toman sus autos, cargan con sus equipos, se ponen el uniforme a medias sobre la ropa o la pijama.

Los he visto en acción en esta cuadra más de una vez. Llegan como la sangre a la herida, sin que haya de por medio una llamada. Saben que se los necesita, saben que prestan su fuerza, su cuerpo, su experiencia para salvar vidas y bienes. Se intoxican con el humo, se calientan con el fuego, se cansan con el esfuerzo. Pero insisten, llegan, asisten.

Los he visto llegar en los camiones rojos, en sus propios carros, en últimos modelos y en destartalados, en taxis, con amigos, con esposas. Abren la cajuela, se ponen los pantalones con tirantes, se acomodan las botas, se protegen el cuello y la cara, se calzan la chaqueta inflamable, se calan el casco. Y se meten al fuego. El fuego del que nosotros, los normales, huimos, ante el cual nos descontrolamos.

Nadie les paga, nadie los llama. Son nuestros héroes de la ciudad. Son nuestra tradición. Mi mejor amiga está casada con uno de ellos. Admiro a las parejas, madres, padres, novias, enamorados que se quedan en casa en la media noche o se enteran de un fuego en cualquier momento del día y esperan. Confían. Rezan. Ellos saben lo que hacen pero siempre hay riesgo. Y más de una vez habrá el dolor de no haber llegado a tiempo.

Pasaron anoche y no me dio ninguna pena hacerles de la mano, sonreírles, agradecerles. No me dio nada menos que orgullo verlos tan numerosos, contentos, haciendo una bulla casi insoportable, algunos ondeando a todo viento la celeste y blanca bandera de Guayaquil.

lunes, 12 de septiembre de 2005

Alma de blues

Estoy con el corazón pintado de blues. Azules cielo, azules mar, azules mirada, azules noche, azules tristeza. Tristeza inexplicable, tristeza inesperada, tristeza rechazada.

No son los recuerdos que no tendré de un Mardi Gras en Nueva Orleans, no son los cortejos nada fúnebres con banda “mocha” en clave de jazz por el cementerio antiguo que jamás acompañaré con irreverente sonrisa.

Son dolores del crecer, nostalgia del futuro imposible, saudade por las vidas pasadas, las compañías que hoy están demasiado lejos, en otras dimensiones, otros países, otras realidades interiores.

Este fin de semana viví un momento mágico. Tres amigas que bailaban con sus hijos en el patio de una casa, junto a los músicos que cantaban eso de “mientras siga viendo tu cara en la cara de la luna”. Y fue perfecto, fue espontáneo, fue feliz. Fue ver la sonrisa de mi hija que disfruta cuando baila conmigo, fue sentir que le estoy pasando esa parte de mi. Fue tener a un lado a la amiga que vive lejos, con la que los lazos virtuales han hecho más intensa la intimidad, con su hijo hermoso, vibrante, feliz. Fue tener al otro lado a la amiga a la que le están naciendo tímidas hojas después de que un tifón le arrasó su concepto de la vida y el amor y le dejó de regalo un niño bendecido. Y un corazón nuevo.

Algún día recordaré ese momento y nostalgiaré por este ahora. Los niños pequeños, las madres apenas entrando en una madurez en la que no se reconocen del todo, pero que saben que ya se instaló en sus vidas algunos momentos antes.

Me siento como la tierra por la que pasó el huracán, inundada, revuelta, caótica. Pero llena de posibilidades, caldo de cultivo para un mundo nuevo, una madurez nueva, una inocencia nueva.

sábado, 27 de agosto de 2005

Punto de in(re)flexión


Quiero decir que lo siento. Y aquí cabe un doblesentido, el “lo siento” que es expresión de compasión por la pena del otro, y el “lo siento” que es conjugación en primera persona del verbo sentir. Siento que haya personas queridas que tienen días grises, días de cambio, días de no saber si sentir alivio o desarraigo. Siento que, confrontada ante el evento de una ruptura, me ha tocado ver la otra cara de la moneda y acompañar a la persona que recibió el “no va más” y siente el crujir de las ilusiones vueltas puñales y preguntas. He visto lo que sentiste y me avergüenzo de haberte hecho daño. Entiendo en este momento que cuando se habla de perdón no hay reparación real hasta que no se comprende (se siente, se sufre, se compadece) el dolor causado y se lamenta haber sido la “perpretadora” de ese daño.

Y como hice una vez con la Tere, te pido perdón aunque no me arrepienta de las decisiones tomadas, las acciones realizadas. Eran necesarias, eran el bien mayor, eran la honestidad y el crecimiento. Pero reconozco y valido tu emoción rota, no ofrezco restauración, como es obvio, pero te doy reconocimiento. Lo siento. Ahora hay la suficiente distancia como para volver una mirada honesta a ese momento y ofrecer una disculpa que ya sabemos que no tiene tinte ni de confusión ni de esperanza.

Cuando decides romper una relación el que lo piensa por días, semanas, meses, está sufriendo la ruptura por anticipado, desanuda los lazos poco a poco, cuestiona, evalúa, se despide. Cada encuentro es despedida; cada encuentro es un intento de recuperar esa emoción, esa chispa, esa promesa; pero cada encuentro es una desilusión, es el escozor de la certeza, el duelo de los años recorridos, es el repaso triste de los pasos dados, los que nos unen y los que nos apartan.

El que rompe, (aunque haya sido tan cobarde como para no alcanzar a pronunciar las palabras antes de romper a sollozar) ya sufrió antes, ya pensó, ya lloró, ya se culpó, ya se perdonó, ya vivió ese momento cientos de veces en su cabeza. El que recibe la noticia se estrella de golpe contra la pared cerrada, se encuentra de repente con una mano vacía, con un asiento de más en el auto, con una colección de cartas, fotos, tarjetas, momentos, que hasta instantes antes decía “para siempre” y ahora gritan “nunca más”. Y la rabia y los por qués y los reclamos mudos y ese abandono, esa tristeza, ese niño roto que se agazapa en la conciencia. Y sobre todo ese “no me lo esperaba”, “no me lo merecía”.

(Y la verdad es que en materia de amores no es concurso de merecimientos, no es carrera profesional. Es. Simplemente es. Cuando no es, nada puede ayudar a fabricarlo, nada ni nadie debería obligar a nadie a quedarse con nada menos que un amor total).

Te guardo en la historia de mi vida con cariño, con valor, con recuerdos lindos, con todas tus cualidades, con las personas, los lugares, los eventos, las risas, los abrazos, las pizzas de cebolla, los paseos en el auto, las noches y los días. Siempre hablo cosas buenas de ti porque no tengo nada malo que decir. No me da, sin embargo, la nostalgia para decir que preferiría que nada hubiera pasado y pudiéramos ser amigos. No se puede tener todo en la vida, no se debe tener todo en la vida. Tuvimos cinco años de vida y crecimiento que marcan una época, un recuerdo, un punto de inflexión. Este, supongo, es mi regalo de bodas para ti. Aunque mas bien, podría considerarse una despedida de soltero, dado que formo parte de la parte de la historia del “antes” que llamamos soltería. Que tu “después” sea tan pródigo y feliz como el mío.

domingo, 24 de julio de 2005

Bits Julianos


Barcelona 0 - Liga 3

Es 24 de julio, cumpleaños de Simón y de Pablo. Pasan de la una de la tarde y en el fondo escucho la narración del partido entre Liga de Quito y Barcelona que se destaca entre el silencio abrumado de los hinchas barcelonistas de la Bahía. El marcador indica un 3-0. Si fuera Barcelona el que ganara, el ambiente estuviera festivo, hubieran sonado los disparos con cada gol, la princesa hubiera corrido hasta aquí a abrazarse, diciendo entre dientes “mucha bulla”. Pero no. Imagino, en cambio, la algarabría en cualquier bar de Quito. La balanza se inclina hacia ese lado. La alegría este año le toca a alguien más.

(Me queda sin embargo, una egoísta sensación de alivio: podré salir esta tarde sin temor a los eufóricos hinchas borrachos).

El circo de la Fundación

Es el fin de semana de la fiesta de la fundación de Guayaquil. Nótese que solo en años recientes se ha empezado a dar importancia a este festejo. Antes se trataba apenas de un feriado más, creo que ni siquiera había desfile y no recuerdo bien si la elección aquella de la Perla del Pacífico era en julio o en octubre. Recuerdo también cómo mi abuelo César le cambiaba una consonante al título por algo un tanto ofensivo y por eso, gracioso.

A propósito de reinados, casi lloro de la risa cuando leí que el Parlamento Andino auspicia el flamante Reinado Bolivariano. Menuda manera de expander los ideales de Bolívar, que al fin y al cabo, era un mujeriego sin remedio.

Es tiempo del Play Land Park y de los circos. Y al parecer también se va convirtiendo en tradición que la fiesta juliana sea igual a ferias de muebles. Hay unas cuatro en la ciudad. Es curioso cómo los comerciantes van configurando sus oportunidades de acuerdo a la época del año: febrero con los sanvalentines, mayo para las madres, junio inicia por los niños y termina con los padres. Así que ¿por qué no? julio para decorar la casa. Nada mal, aun les queda inventarse algo para agosto. Ahora que apenas finaliza septiembre comienza la temporada navideña. ¡Qué abombe! Cada año compadezco más a las empleadas de las tiendas de departamentos que llegarán al 24 de diciembre deseando degollar a los pastores, que Papa Noel se incendie en la chimenea y con una aversión total a los villancicos. Y claro, agotadas y nada “navideñas” con los horarios extendidos en todas las tiendas y centros comerciales. Al menos en enero nos dan tregua, cansados, hartos y gastados como (se supone que) quedamos.

La mayor revelación de estas fiestas no aparecerá en primera plana de los diarios del martes. No, la encontrarán instalada frente a la Terminal Terrestre: “El circo del Reggaetón”. Listo, todo queda aclarado: el reggaetón es una payasada. Además, todo lo que merece tener un circo está a punto de morir. Ese es el mismo circo que el año pasado fue el circo de Ta’Dominado, y años antes, el circo de Betty, la fea. Así que paciencia, si ya se mereció tener un circo con su nombre, hay la esperanza que esa abominación seudomusical esté pronta a desaparecer en el olvido. Y claro, permanecer como baile de nostalgia para los matrimonios. Igual que el meneíto y la macarena. ¿Alguien recuerda ese momento incómodo cuando ponían “El venado” en las bodas? Siempre cuento la anécdota de la pariente que en su boda puso como canción especial de los novios esa de Wilfrido que va: “ya no tengo un lugar que no me hayas besado/ ningún rincón sagrado te falta por andar/ profanaste el pudor/ ya no queda un camino/ que no sea testigo de un gemido de amor”. Las viejitas sonreían confundidas y los novios bailaban con una sonrisa cómplice. Y bueno, el matrimonio terminó en divorcio varios años, una simpática hija y una emigración a España después.

Guayaquil vive ¿por mi?

Recorro todos los días las calles del puerto que en estos meses bullen de actividad: maquinaria, obreros, cemento, hierro, tuberías, cables. Se está montando la infraestructura de un sistema de transporte municipal que todos deseamos que funcione. Sin embargo, asisto con tristeza a la muerte de los últimos árboles que habitaban la calle Boyacá. Un día el paisaje incluía hojas y sombra. Al siguiente, el parterre desnudo dolió como cuando se lee un nombre conocido entre los obituarios del periódico. Más sol para los transeúntes, más espacios ganados para los vehículos, menos amortiguadores para el esmóg y la bulla. Comprendo los motivos, aprecio el progreso, pero igual lamento la pérdida de una vida que tomó tanto tiempo en crecer, enrraizarse, florecer, perdurar.

No puedo ser injusta: en la mayoría de las avenidas del norte, las que se planearon amplias desde un inicio y con grandes parterres para árboles, se está dando mantenimiento, se podan las ramas bajas para evitar que bloqueen visibilidad, se estimula el crecimiento vertical de los árboles. Estuve hace poco en Florida (Estados Unidos) y allí, aunque se privilegian las grandes avenidas y el auto es rey, (tanto que hay lugares donde no es posible caminar porque no hay la vereda adecuada para peatones) también las leyes que protegen los árboles son muy estrictas y hay exhuberante verdor por donde se mire. Si el ideal del Guayaquil proyectado es Miami, ¿no se nos está olvidando este detalle? (Sonrío, había puesto "la Florida", pero rectifico en aras de no mantener ese insoportable referente automático a los Estados Unidos).

Anhelo por un festejo diario de todas las cosas vivas, las ciudades, las personas. En el caso de este asentamiento urbano que habito, tan solo deseo un día en que la gente no bote basura a la calle, no importa el pretexto. Que la ciudad esté limpia no porque se la limpie mucho sino porque se la ensucie poco.

Feliz cumpleaños, Guayaquil, aunque seas de esas mujeres coquetas de las que no se saben bien la verdadera fecha de su nacimiento.

lunes, 18 de julio de 2005

Mi día

Es 18 de julio y es mi día. A las 10 y media salí del hogar protector del cuerpo de mi mami a un mundo complejo de colores, sonidos, olores, sabores, afectos y aprendizajes.


Amo los cumpleaños, me los disfruto mucho, me fascina convocar afectos y reunirlos a celebrar, celebrarme. Eso se lo debo a la Tere, siempre me hacía pasar un día muy especial, lleno de detalles, la llamada a la hora exacta del nacimiento, la torta hecha o comprada pero sabrosisisima siempre, el abrazo, la bullita con los cubiertos a la hora del almuerzo... Son dos años sin recibir esos cariños en lo físico pero sé que ella debe haber movido sus influencias (que para estas alturas no deben ser pocas) para ordenar el sol radiante y el cielo azul que me cubrieron al salir esta mañana hacia el jardín de la princesa. (Gracias mami, empiezo a sentir mas tu presencia, que tu ausencia... rico...).


Este es un cumpleaños feliz, la alegría vuelve a colarse en toda mi existencia, con el milagro presente y constante del amor cotidiano de Pepe y Emilia; con la bendición abundante de las amigas del alma, las de mucho tiempo (quizá muchas vidas, ustedes lo saben) y las de encuentro reciente, con su dosis creciente de confianza y descubrimiento, y los amigos queridos que llegan tarde, pero llegan, que mandan mensajitos en el celular temprano en la mañana y flores unas horas despues (gracias! hermosas!), que envian besos en el chat, que entregan abrazos breves pero cargados de afecto.


Festejo la dicha de vivir en este mundo, hoy, ahora, con toda mi historia recorrida y toda la perspectiva del futuro, con todo el amor que me rodea, con la dicha de tener un espiritu siempre dispuesto a crecer, a expandirse, a ser feliz.


Gracias a todas y todos por el camino recorrido, gracias por las demostraciones de afecto. Treinta y tres años, si, inevitable el lugar común: "la edad de Cristo", supongo que significa que es la edad de las realizaciones, de salir como El, al mundo a demostrar y compartir lo que se aprendió durante los 32 años pasados. Buen tiempo, buena edad, buen viento.

sábado, 18 de junio de 2005

Visiten a la gorda

La encontré gracias a Long John Silver, gracias a que entré a votar por Locura Extraordinaria en el concurso de 20minutos.es. Una vez cumplida la misión de apoyar a los amigos, (no solo porque son amigos sino porque de verdad me gusta su blog, su honestidad, su frescura, su estilo) me puse a husmear en el ranking de los blogs latinoamericanos y ahi la encontré. El nombre no puede ser más sugerente: Weblog de una mujer gorda, como ella dice, el diario de una mujer que podria ser tu madre.

Este blog lo publica Mirta González de Bertotti, una abuela, aunque se enronche la gorda, ya es abuela. (Y lo sé porque cuenta TODO, créanme, TODO, sobre su familia. Argentina, 52 años, graciosa, desenfadada. Escribe de su vida cotidiana en un pueblito llamado Mercedes con humor, ternura y desparpajo. Hermoso diseño de página además, aún no descubro quien se lo hace, tiene caricaturas de toda la familia, y hay harta lectura. 200 posts. Grande la gorda, nos gana con mucho. Me encanta la gorda. Leánla y hablamos. Y si les gusta, voten por ella en el concurso, claro, después de votar por Locura Extraordinaria.

http://mujergorda.bitacoras.com

martes, 14 de junio de 2005

Garganta ¿traidora?

Un evento que sucedió hace quince días me ha tenido pensando en la lealtad laboral y el sentido de ésta frente al comportamiento de tus superiores. ¿Se viola la lealtad a la naturaleza de tu cargo cuando tu superior comete algo incorrecto, rayando en lo criminal? ¿Hace alguna diferencia que un hombre denuncie un acto de corrupción por puro resentimiento hacia sus directivos?

En la más reciente edición de la revista Vanity Fair se reveló la identidad de la fuente periodística mejor guardada de la historia: Deep Throat (Garganta Profunda). Su nombre es W. Mark Felt, un ex duro del FBI que entregó información clave a los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein acerca del escándalo Watergate que le costó la presidencia de los Estados Unidos a Richard Nixon.

La anécdota es parte de la historia del periodismo, en especial por el sigilo que guardaron durate estos más de 30 años los dos periodistas y su editor, Ben Bradley, las únicas tres personas que conocían la identidad del informante y que prometieron guardar el secreto hasta la muerte de Felt.

En los días de la revelación se comentó en los Estados Unidos no solo el tema de las fuentes periodísticas reservadas sino también si el segundo al mando de la oficina de investigación federal, un hombre del que se esperaba sigilo y obediencia era o no un traidor.

Yo digo que no. Creo que no traicionó a su cargo porque si un superior comete tamaño abuso de poder inmediatamente se expone a que alguien quiera y pueda denunciarlo. En este caso en particular, el presidente Nixon perdió el respeto y la lealtad de su subordinado el día que decidió apoyar la acción de espionaje del partido político contrario. Si esas prácticas se hacían antes y se siguieron haciendo después no viene al caso. El punto es que Felt denunció lo que había sucedido, confirmó datos, aclaró rumores, cuando se suponía que trabajaba para encubrir, ocultar, callar.

Como dice en el artículo de VF, mintió a todos en su vida, a su familia y a sus superiores. Se sospechaba de él y de hecho su historia en el FBI incluye un despido y un posterior indulto del presidente Reagan. El detonante de su relación con los periodistas sería el hecho de que nombraron a otro y no a él como director general del buró, cuando le “tocaba” después de la muerte de su jefe inmediato y mentor, Edgar J. Hoover.

De nuevo las dudas, ¿cuenta que un resentimiento y no el “hacer lo correcto” fuera la motivación de este hombre? El resultado es el mismo aunque la intención fuera diferente. Trayéndolo a la realidad nacional, si yo soy una ejecutiva de, digamos, un ministerio y veo que el ministro está feriando la plata o concediendo contratos alegremente, ¿debo ser leal al jefe o leal a mis principios morales? Ahora bien, ¿es el mejor camino la denuncia a través de la prensa para alcanzar la presión de la opinión pública? Claro, sin contar con que al mismo tiempo arriesgo el puesto. ¿Debió Felt lanzar su carrera por un precipicio y salir públicamente con su denuncia?

Existe una subhistoria en este “golpe” periodístico por parte una revista, que se dedica por igual a temas de moda que a la política, al gran periódico de Washington dueño de la primicia por derecho propio. VF realizó grandes esfuerzos para que no se filtre la información hacia el Post de modo que ellos no se adelanten con la revelación. Al parecer el abogado John O’Connor, autor del artículo, había intentado negociar primero un pago a Felt y su familia por la publicación, algo que la revista declinó. Luego se dedicó por un año a buscar un editor para un libro sobre el informante, pero como no lo logró volvió a tocar la puerta de la revista. Se usaron nombres en clave, se enviaron portadas falsas a la imprenta, y lo lograron. Woodward, Bernstein y Bradley mantuvieron su palabra hasta el final. No fueron ellos quienes lo revelaron.