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martes, 16 de febrero de 2016

La Voz

El arte escénico a veces imita la vida tan fielmente que te sientas frente a un espejo de tu vida tan tremendamente real que te hace revivir momentos y remueve emociones que, lejos de haber sido olvidadas o superadas, regresan con otro filtro y te dan de golpe, una nueva mirada a eso que viviste, digamos, trece años atrás.

El capítulo “The sound of Silence” de Grey’s Anatomy (que salió al aire el jueves pasado y recién pude ver esta mañana), muestra la perspectiva de Meredith Grey después de haber sufrido el ataque brutal de un paciente que la deja con varios huesos rotos, sorda y sin poder hablar a causa de la rotura de su mandíbula y las secuelas de una traqueotomía de emergencia. Vemos el evento al inicio y luego vemos casi todo el tiempo la experiencia del silencio en el que está sumida: la desorientación y los flashes de conciencia del post operatorio, luego estar despierta y no poder oír ni hablar y, por último, poder oír pero no poder hablar y expresar su ira y su dolor físico y emocional. Es una convalecencia larga y compleja, complicada por conflictos personales pero sobre todo, por el silencio.

Ver a Ellen Pompeo retratar la impotencia de quien no puede hacer que se escuche su voz –una gran actuación en la que se supone será su último año interpretando a la protagonista de esta larga serie- me golpeó muy cerca. Directo en el duelo, en la vivencia de la de enfermedad de mi mami en que estuvo, ella también, sumida en el silencio. El 6 de diciembre de 2002, Teresa Bravo, mi madre, tuvo un bloqueo respiratorio que obligó a que le realicen una traqueotomía de emergencia y que llevó al diagnóstico de un cáncer de laringe, que más de un año después la llevó a la muerte a sus 53 años, el 27 de enero de 2004.

En Grey, vi a Teresa: en los gestos de ira por no poderse hacer entender, en las miradas y las manos que hablan, en los golpes en la mesa, en la impotencia de la incomunicación. La reflexión del episodio es que tenemos una voz y debemos usarla, romper el silencio. Tere tuvo una gran voz, una voz potente que llenaba salones inmensos atestados de alumnas. Su voz era su principal instrumento de trabajo: era maestra de Química, Biología y Ciencias Naturales y ese trabajo, a veces muy sacrificado, nos dio una casa, mis estudios, algunos viajes; pero sobre todo a ella le daba una identidad fuerte, de autoridad. Amaba tanto lo que hacía, amaba tanto a sus alumnas, se regocijaba en sus logros: en las chicas de colegio fiscal que entraban a la universidad que ellas quisieran solo con el examen de ingreso en sus materias; las doctoras, químicas, mujeres de ciencia que llegaban lejos y que había sido inspiradas por su pasión y su incesante curiosidad.

Sin embargo, en su vida, su voz no era tomada en cuenta. Su voluntad estuvo siempre sometida a la voluntad de su madre, mi abuela, y condicionada por su inmenso amor por mí y las renuncias que tuvo que hacer para que yo, su hija única de un amor fugaz pero profundo, tuviera mejores oportunidades que ella y pudiera crecer libre para hacer lo que yo quisiera.

Perder la voz fue una metáfora cruel de la enfermedad, ¿quizá nunca tuvo voz para decir lo que quería sin temer la crítica y la desaprobación que recibía día tras día? En ese año de despedida, hablamos mucho, aunque es una forma de decir: yo hablaba y ella escribía. Escribía todo, o casi todo, porque desarrollamos un lenguaje de señas, nos entendíamos con una mirada, un gesto de la mano, un movimiento de los ojos. Pero también me escribió cartas donde me contó su vida, más bien, su versión de su vida, su vivencia, sus emociones y sentimientos. Esos que calló pero que sabía que no debía reprimir nunca más, no solo porque podía estarse quedando sin tiempo para dejarme su testimonio sino porque quería, necesitaba ser entendida, valorada, escuchada.

Era una mujer que hablaba todo el tiempo, no sólo por su trabajo. Era la típica que entablaba conversación en la fila del banco, la caja del súper, el pasillo de la tienda, para obvia vergüenza mía. Hablaba de todo, conocía de todo, compartía de todo; pero hablaba de cosas neutras: datos informativos, curiosidades y trivia, tips, eventos. No emociones, frustraciones, deseos, sueños, planes. Su vida estaba pensada para un después: un momento en que no tenga que hacerse cargo de su madre y fuera libre de ir y venir, hacer y obrar, a su gusto y conveniencia. Guardaba cosas para ese día: la vajilla y la cubertería “para cuando pueda invitar en paz a mis amigas”, la ropa “para cuando pueda viajar”, “salir a una cita” y un largo etcétera de pequeños detalles y cachivaches que yo ahora disfruto cada vez que quiero, porque tengo clarísimo que la vida es Ahora.

Meredith llora de la desesperación en su cuarto de hospital, su mejor amigo la encuentra y la acompaña, la deja desahogarse y le hace una broma que la calma. Yo no estuve en ese momento con mi mami, no la vi en ese llanto, porque el hábito de llorar a solas y sin molestar seguro fue mucho más fuerte. Pero estoy segura que lo tuvo, que lloró por muchas cosas: la impotencia, el dolor físico, la incomodidad de tener ese tubo rígido atascado en el cuello, los avances del cáncer, reconocer finalmente la cercanía de la muerte y saber que tenía una nieta que cumplió un año mientras ella se moría y que solo alcanzó a ver dar sus primeros pasos.

Entendí hoy que por eso respeté sus decisiones médicas y la respaldé hasta el final. Yo si quería que se operara y sacaran todo eso que no la dejaba respirar, incluso a costa de saber que perdería del todo su potente, maravillosa voz, esa que me enseñó a cantar, cantar siempre y en todos lados. Pero ella escogió un tratamiento que a la larga fue inútil e insuficiente, ella quiso defender su garganta y ejerció así, la última voluntad: la de qué hacer con el cuerpo cuando nos está fallando. Ella tuvo una voz acerca de uno de los momento más importante de la vida: la Muerte. Hablamos de eso sin miedo, hablamos de qué hacer con sus cosas, qué ropa quería que le pusieran, dispuso muchas cosas pequeñas y grandes y llegamos a bromear del tema. Yo le pedía que se quedara y ella me decía que no, que se quería ir ya. Y así fue.

El lenguaje de los gestos también comunica informaciones que el sonido no logra comunicar de la misma manera: un abrazo puede decir mucho más que una palabra. En esos días finales, ella me puso su mano flaquísima en el centro de mi pecho, mientras nos mirábamos a los ojos, y me pasó en un momento sin tiempo toda la reserva de amor que tenía para mí y que conservo por el resto de mis días. Hay días, como hoy, en que siento el recuerdo físico del calor de su mano y pongo la mía ahí para recargarme de la Paz y el Perdón y la Claridad que ella logró durante su proceso de sanación. Porque si, no sanó su cuerpo pero sanó su vida entera y con eso me sanó a mí y a toda mi línea familiar que de una manera u otra, fue tocaba por su vida y por su muerte.

¿Cómo uso yo mi voz? ¿Cómo enseño/permito/facilito que mis hijas/marido/amigas/amigos usen la suya? Romper el silencio implica no solo hablar de los dolores, abusos, soledades. Eso hay que hacerlo, siempre, en todas las circunstancias que opriman nuestra voluntad. Es importante, necesario, urgente, a mucha gente le cuesta la vida, la enfermedad, el peso de la injusticia. Pero también se debe romper el silencio para hacerse preguntas incómodas, para expresar verdades no dichas, para explorar quiénes somos y quiénes queremos ser y manifestar emociones en acciones, pensamientos en obras, razones en luchas. Ya sea que se trate de una lucha política, ahora que el momento mundial y nacional nos compele a hacerlo, o de luchas personales, como la identidad y la vocación, el deseo de crear, la dificultad de criar a los hijos, la búsqueda sincera del amor que a veces toma caminos tortuosos.

Tenemos una voz y hay en algún lugar alguien que necesita escucharla, que la valora, que la valida. Mi madre renunció a la suya y se jugó en eso la vida. Pero aquí estoy yo, para seguirla escuchando y seguir encontrando sentido al absurdo de que no esté, hoy, aquí, y se esté perdiendo tantas cosas fantásticas que ella hubiera disfrutado más que nadie, que hubiéramos gozado juntas. Aquí estoy yo, para seguir llevando el recuerdo de su voz y el valor de su vida hacia el futuro.

  

miércoles, 31 de octubre de 2012

Diez velitas para Emilia Lucía

Hace 6 años que no te escribo en tu cumpleaños. Puedes leer aquí y aquí, las palabras que te dediqué en tus cumpleaños números 3 y 4 para un día, como hoy, en que sepas leer y encuentres estas cartas de tu mamá  para que sepas lo que sentía en esos momentos, lo que iba rescatando de ese año de tu vida, de lo que hacías y lo que habías logrado.

Hoy te escribo porque ahora duermes y mañana te irás temprano y no volverás hasta que el día, tú día, haya pasado. Tú siempre enseñándome cómo ser mamá y sobrevivir en el intento. Yo siempre tratando de ser mejor para ti cada día. Que te súper adoro no necesito decírtelo pero hoy quiero decírtelo con más detalles para que comprendas un poquito más el alcance de este amor.  

Amo tus ojos color bombón de chocolate porque me recuerdan la mirada de tu abuela y porque me miran con amor infinito. Amo tu sonrisa chimuela y esos dos dientes que te están saliendo chuecos. Amo tu cabello de oro, que refleja tu corazón enorme y valiosísimo que late con ternura, alegría, compasión y pureza. Espero que ese corazón lo conserves por mucho tiempo porque te llevará a lugares maravillosos y te ayudará a crear una realidad en la que se cumplan todos tus sueños.  

Me encanta que digas que eres rubia porque eres hija del sol y que le pidas a “tu papi” que brille cuando el día está nublado. Lo eres, eres hija del Sol y de la Luna, hermana de las estrellas a las que pides deseos en los atardeceres que miras al cielo. Una parte del cosmos inmenso que está afuera late en el interior de cada uno de nosotros.

Me fascina que te gusten los tomates y la comida que te preparo. Y que hayas aprendido bien las reglas de nuestra mesa: “prueba antes de decir que no te gusta” y que si un sabor no te gustaba antes, quizá te gustará si lo vuelves a probar ahora. Para aprender a disfrutar la vida es necesario comprender sus sabores, olores y texturas.

Adoro que te parezcas tanto a tu papito, porque espero que él comprenda, al verse en ti, lo infinitamente hermoso, inteligente y divertido que es. Amo también tus lunares, tu pie derecho y tus ojos grandes que son las pinceladas que puse en ti. Eres la mezcla y la suma de nosotros dos pero también eres lo que tú trajiste al mundo, esa cosa única y especial que sólo podías ser tú.

Me encanta escucharte y mi corazón se rompe cuando alguien te hace llorar, cuando te hacen sentir mal por ser diferente o cuando tú no comprendes los comportamientos de otras personas. Ser diferentes no es fácil, en un mundo en el que muchos confunden la igualdad que todos tenemos como derecho de humanos e hijos de Dios con uniformidad, con ser repetidos, comunes, hechos de acuerdo a un molde. Sé que tu bondad innata te guiará y te permitirá ser única sin despreciar nunca a nadie.

Me fascinan tus razonamientos, tus preguntas, tus conclusiones. Espero tener siempre respuestas para ti y sabes que si no las conozco o las encuentro, te dirigiré hacia las personas que te puedan ayudar. Espero que con los años no dejes de confiar en mí y recuerdes siempre que la mamá lo sabe todo. (Jeje) O que al menos sabe un poquito de muchas cosas.

Hoy cumples 10 años. Es un número importante y redondo. Como dijiste hace un tiempo, pasas a tener dos dígitos. Yo también cumplo hoy diez años de ser mamá. Gracias hija mía por haberme educado tan bien, porque ser mamá de tu hermanita se me ha hecho más fácil gracias a lo que viví junto a ti. Y porque tenerte a ti para ayudarme y para dar más amor a Sofía es una bendición y una compañía magnífica. Gracias por nacer en el momento preciso, de esa manera tan mágica, en este día tan especial. ¡Feliz cumpleaños mi amor! 

miércoles, 30 de mayo de 2007

La otra educación

Desde niños nos educan. Nos enseñan las palabras con las que nombramos las cosas del mundo. Empezamos con las importantes: mamá, teta, papá, agua, luego en un proceso de enseña y nombra aprendemos los nombres y los atributos: casa, sol, rojo, amarillo, grande, flaco, cerca, abajo; luego, las acciones: come, corre, ven, sube, camina, para, calla... Detrás aparece el torrente de las letras, la gramática, las conjugaciones y temas afines. Las cosas se van complicando y llegan los números, los conceptos abstractos, el relato de los hechos pasados, la descripción del mundo, los límites y símbolos de la patria, las ciencias, las hermosas ciencias…

Nos enseñan, además, las normas del comportamiento: a saludar, a pedir por favor y a dar las gracias, a que no nos levantamos de la mesa hasta no terminar de comer. Se nos educa para ser corteses, gentiles, solidarios, compasivos. Se nos estimula a ser competitivos, a saber perder, a exigirnos un poquito más cada vez, a ser investigativos, a no quedarnos con la misma vieja respuesta para las preguntas importantes. Nos hablan de un dios, de una forma de agradarlo, de una serie de reglas a seguir para pertenecer a una religión, de una disciplina para mantenernos alejados del pecado y sus consecuencias.

Es tanto, tanto conocimiento. Y todo lo absorbemos, lo integramos. Este artilugio prodigioso llamado cerebro lo mismo recuerda qué “Si tu no vuelves” está en el disco "Laberinto" de Miguel Bosé que el símbolo del estroncio ("Señor estroncio", decía mi madre, la maestra de química. El símbolo es Sr).

Son muchos los aspectos de esa educación que se quedan por fuera de lo académico. Hay un conocimiento adquirido en el patio de la escuela, en el portal del barrio, en la cancha deportiva. Hay una textura emocional que se va adquiriendo en la interacción con los demás y que toma tanto lo que se dice como lo que se hace.

Pero hay un conocimiento sensorial que casi nadie se preocupa de educar. Aunque parecería que basta con ser persona para aprender a procesar los estímulos que nos llegan a través de los sentidos: ojos, nariz, lengua, oídos, piel.

Yo he tenido una educación sensorial muy refinada y exigente. Se inició cuando conocí a la primera hermana que tuve por fuera de los parentescos genéticos. Y con ella vinieron sus padres, una pareja exquisita con un gusto por lo bello, sabroso, armonioso y sensual de la vida. Pero que no se me malentienda, no eran unos snobs, no discriminaban los estímulos según su precio o su origen, solamente por su calidad. Para ellos valía lo mismo el lamento hondo de un pasillo que la exhuberancia de un concierto de Vivaldi; el caldo de bolas de verde y el foie gras recién llegado de Normandía. Había que probarlo todo, a veces incluso contra la propia voluntad. Una vez terminé llorando por una ración de mostaza picante depositada a traición en mi lengua. Lloré, pero me encantó. (Como me encanta la sopa thai.. tú que me lees, ¡engríeme!!)

En esa casa probé los primeros vinos y no solo eso, aprendí a catarlos. Seguro que a ellos les daba mucha gracia ver a un cuarteto de púberes aspirantes de gourmets oscilando las copas, observando lágrimas, percibiendo notas olfativas, degustando. Aprendimos además a no beber para emborracharnos, porque el que se emborracha le falta el respeto a la bebida, arruina la experiencia. (Claro que lo he hecho, además, no hace falta mucho, pero eso si, jamás he perdido la conciencia de lo que hago; el control, acaso, sobre todo de las risitas).

Con los años vino la lectura de la novela “El Perfume” de Patrick Suskind, y el descubrimiento del mundo de los olores y sobre todo, el reconocimiento de mi elevada capacidad olfativa. Como escribí tiempo atrás, detecto fugas de gas y cambios en los alimentos antes que mucha gente. Vino también el gusto por cocinar y sobre todo, por hornear. La alquimia que se produce entre la mezcla adecuada y exacta de materias primas tan cotidianas como huevos, harina, grasa, leche y azúcar, entregadas a la acción del calor siempre me causa asombro y me hace sentir como una hechicera. De nuevo, los libros: “Como agua para chocolate”, que enlaza los sabores y saberes de las mujeres con sus universos emocionales, sus entregas y sus pérdidas.

Y la piel. Órgano extenso e intenso. Que nos comunica temperaturas, texturas, temblores, presencias. Que se siente tan a gusto después de un laargo baño, que recibe los perfumes y sudores, con sensores para todo, incluso para los sustos, que se pone roja con un piropo inesperado, que se tensa con la preocupación, que pica con la lana, que suda placenteramente entre sol y arena. (La lectura aquí sería acaso "Afrodita" de Isabel Allende).

¿Cómo se aprende a ejercitar los sentidos? Pues sintiendo, mirando, preguntando, estudiando, probando, tocando. La educación visual es un tema de nunca acabar: hay volúmenes que explican la belleza de un Rubens y la ruptura de un Pollock. Más allá del conocimiento hay que descubrir qué despierta emoción en nosotros. Hay que sacar la cabeza por la ventana del auto y mirar el cielo, asomarse a ver los reflejos que hace la luna en las olas de la ría. Y no porque sea romántico sino porque es sencilla y puramente hermoso.

Recomiendo fervientemente escuchar de todo para poder decir, esto es bueno o malo, me gusta o no me gusta. Me gusta Calle 13, no me dice nada Don Omar. Me enloquece Jorge Drexler y no soporto a Arjona por su pose de gran poeta. La música clásica me gusta en vivo pero prefiero escuchar canciones, palabras con música. Y tengo una memoria tan activa que me canto sin pensar las canciones de Kudai y High School Musical que ponen en la radio que pongo en el camino a la escuela de la princesa. Y no soporto a la gente que dice “no me gusta” a algo que jamás han probado o escuchado detenidamente, que solo lo dice por sumarse a la opinión general.

¿Los efectos? Una experiencia mucho más enriquecida del mundo. Que los recuerdos tengan colores, olores y sabores. Que en el evento de las ausencias transitorias uno pueda encontrar el olor de los amados en sus objetos, y en las permanentes se conmueva con el asalto de las presencias guardadas, por ejemplo, en bufandas conservadas en baúles. Que los placeres se disfruten siempre como placeres, y no con exceso. Cuando alguno de los cuatro ha probado los vicios nunca los ha hecho con obsesividad, hasta la dependencia. Porque se degustan por igual una mousse de chocolate que un cigarrillo, un merlot, un libro, un amanecer sin nubes en Quito, una puesta de sol, unos labios.

martes, 13 de marzo de 2007

El cumpleaños de don (Rodol)Fito

Fito Páez cumple hoy 44 años, lo hemos visto hace poco, por igual boquiabiertos y entusiasmados, en su presentación de Viña del Mar: su piano, sus lentes, su traje de terciopelo. El mejor homenaje que se puede hacer a los que ponen de sí para crear obras de arte es dejar que su obra hable por ellos. Son muchas las canciones que me gustan, pero se me ocurre que acaso esta resume gran parte de su ser. Del disco Abre, "Al lado del camino"

Me gusta estar al lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta abrir los ojos y estar vivo
tener que vérmelas con la resaca
entonces navegar se hace preciso
en barcos que se estrellen en la nada
vivir atormentado de sentido
creo que esta, sí, es la parte más pesada

En tiempos donde nadie escucha a nadie
en tiempos donde todos contra todos
en tiempos egoístas y mezquinos
en tiempos donde siempre estamos solos
habrá que declararse incompetente
en todas las materias de mercado
habrá que declararse un inocente
o habrá que ser abyecto y desalmado

Yo ya no pertenezco a ningún istmo
me considero vivo y enterrado
yo puse las canciones en tu walkman
el tiempo a mi me puso en otro lado
tendré que hacer lo que es y no debido
tendré que hacer el bien y hacer el daño
no olvides que el perdón es lo divino
y errar a veces suele ser humano.

No es bueno nunca hacerse de enemigos
que no estén a la altura del conflicto
que piensan que hacen una guerra
y se hacen pis encima como chicos
que rondan por siniestros ministerios
haciendo la parodia del artista
que todo lo que brilla en este mundo
tan solo les da caspa y les da envidia.

Yo era un pibe triste y encantado
de Beatles, caña legui y maravillas
los libros, las canciones y los pianos
el cine, las traiciones, los enigmas
mi padre, la cerveza, las pastillas, los misterios, el whisky malo
los óleos, el amor, los escenarios
el hambre, el frio, el crimen, el dinero y mis 10 tías
me hicieron este hombre enreverado.

Si alguna vez me cruzas por la calle
regálame tu beso y no te aflijas
si ves que estoy pensando en otra cosa
no es nada malo, es que pasó una brisa
la brisa de la muerte enamorada
que ronda como un ángel asesino
mas no te asustes, siempre se me pasa
es solo la intuición de mi destino.

Me gusta estar al lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta regresarme en el olvido
para acordarme en sueños de mi casa
del chico que jugaba a la pelota
del 49585
nadie nos prometió un jardin de rosas
hablamos del peligro de estar vivo.

No vine a divertir a tu familia
mientras el mundo se cae a pedazos
me gusta estar al lado del camino
me gusta sentirte a mi lado
me gusta estar al lado del camino
dormirte cada noche entre mis brazos
al lado del camino (x 3)
es más entretenido y más barato
al lado del camino (x 2).

miércoles, 7 de febrero de 2007

Las cosas ya no son como antes

Renuente como soy a adscribirme a los tópicos de las conversaciones “de mayores”, tengo que declarar que he comprobado en carne –no propia, más bien ajena y más bien de plástico- aquella trillada frase de “ya no los hacen como antes”. La primera muñeca Barbie que la princesa recibió el año pasado de manos de su gentil abuela, ha perdido la cabeza en un incidente aún por aclarar.

Cuentan las testigos que la propietaria de la muñeca estaba caminando por el patio del jardín con su amiguita V, haciendo apenas un ademán de peinar el rubio cabello sintético de la muñeca (que como todas sabemos, con menos de un mes de uso ya se convierte en una masa de filamentos más parecidos a un estropajo que al brillante cabello que nos deslumbró al sacarla de la caja por primera vez), cuando de repente, cabeza y cuerpo terminaron separados sin remedio.

No, no se trató de uno de esos casos en que la infanta logra descolocar la cabeza de caucho del mecanismo que la sostiene que incluye un dispositivo en forma de bola que permite que la cabeza pivote hacia arriba, abajo y los costados. Por el contrario, lo que sucedió es que una porción del borde del cuello del juguete se rompió. Ese plástico otrora durísimo que no se rompía con ningún maltrato imaginado por las manos infantiles, ya no lo hacen como antes. Tengo la prueba reposando aquí a mi lado en la “enfermería”, eufemismo para decir que la intentamos remendar con cinta adhesiva pero la propietaria, cómo no, decidió ensayar la movilidad del cuello de su paciente y de nuevo lo separo todo de su lugar…

Lo que aún viene como “los de antes” son los afectos. Las hermandades que se forjan en los lugares más inesperados, entre las personas menos probables. Uno de mis amigos cumple años hoy, no puedo decir su edad porque no me ha autorizado a revelarla. Pero su vida ha experimentado tal renacimiento en los últimos tiempos que si el quiere decir que tiene quince, yo le creo y lo apoyo en el cuento. Existe una condición de quinceañerismo que no tiene edad ni es patrimonio de nadie y que tiene mucho de conmovedor y un poco de patético. (Una de nuestras palabras preferidas).

Nos cruzamos con mucha gente en la vida, gente con la que compartimos codo a codo ciertos periodos de la vida. Con mucha tenemos química, simpatía, llevamos una convivencia agradable, vivimos anécdotas graciosas y momentos importantes, pero con muy pocos nos quedamos, con muy pocos seguimos llevando un hilo que se extiende de lo laboral o estudiantil a lo humano, lo cotidiano, lo duradero.

Muchas cosas ya no son como las de antes, querido Carlos, tu vida ya no es la de antes, yo me olvidé de llamarte por tu cumpleaños como siempre hice antes a pesar de tu odiosa actitud de “no me importan los cumpleaños”. Nuestra amistad tampoco es la de antes, es mucho más honesta y sólida. Y espero seguir riendo contigo por muchos años de los que tú te atrevas a declarar. Y yo sí. Espero que eso sí no cambie. Te deseo toda la felicidad que te mereces y toda la que te permitas experimentar. Te deseo que calmen las tormentas y puedas ver con quiénes cuentas después de la depuración. Ya sabes que aquí sigo y que celebro, aunque tu no quieras, la aventura de descubrimiento que es tu vida. ¡Feliz Día!

viernes, 26 de enero de 2007

Simultánea

Creo que el tiempo no existe. Creo que todo ocurre simultáneamente en un eterno presente. Dicen que esa es la perspectiva del Dios, no es que todo esté escrito, es que todo está sucediendo en el mismo instante y que el futuro se modifica en concordancia con la regla del libre albedrío; de todos los finales posibles con cada decisión escogemos una versión de la película, hacemos una edición de escenas, borramos ciertos finales.

Bajo esa premisa se me ocurre que se puede viajar en el tiempo a través de este vehículo llamado memoria, o del otro llamado sueños. Que cuando se camina por un sitio ya recorrido acaso pasamos junto a nuestro propio fantasma que camina pensando en su presente actual, mientras nosotros lo miramos conmovidos o divertidos, según sea el caso, ante su ignorancia de nuestro futuro.

Hace tres años, un par de día atrás, por la calle Colón caminó una versión de mi que sabía que iba a comprar las últimas medicinas para su madre. Mientras camina hacia la farmacia, Palas va llorando ante la realización de que ahora si, el final había llegado. Era cuestión de días, era cuestión de la aritmética simple de la vida. Sin posibilidad de recibir alimento y con los valores sanguíneos ya en niveles tan bajos, presenciaba la extinción de la luz de una vela a la que la mecha y la cera se le han agotado. Basta una ráfaga de viento para que la luz se retire. Esa ráfaga llegó faltando pocos minutos para la medianoche de un veintisiete de enero.

Sintonizada en esa recreación de los hechos que representan los aniversarios, la noticia de la semana, la muerte de Guadalupe Larriva, me conmueve por muchos motivos, por todas las capas de significados que solemos llevar encima las personas. Era una mujer civil estrenando un cargo reservado para hombres militares. Era una madre que murió junto a la hija menor a la que llevó a ese viaje porque no la había visto mucho en los últimos días. Era una mujer que tras muchos años de viudez iba a contraer matrimonio en pocos días. Era una activista política que tenía la oportunidad de ejercer el poder por el que había reclamado y trabajado toda su vida. Era la maestra, la compañera, la vecina, la amiga, la hija, allí donde era “la Lupita”.

Mientras las mayorías lamentan lo que no se pudo hacer, yo considero que lo que cuenta es lo que se hizo, lo que se logró, el momento y el estado de conciencia que se tiene al momento de cruzar ese umbral. Y cuenta mucho más lo que se deja, las palabras de los que nos quisieron, como recomendaciones para la eternidad, como señales de la inmortalidad. No muere aquel al que alguien recuerda, al que alguien nombra, suspira, cita, narra. Teresa, mi madre, no ha muerto, Guadalupe no murió. Mueren los olvidables, aquellos de los que nadie, o pocos, tienen algo bueno que decir.

Con la máquina del tiempo vuelvo una y otra vez a los momentos más queridos, a las conversaciones clave, a su sonrisa al volante de su auto café, a sus cosquillas, sus postres, a su silueta sentada en el comedor calificando montones de exámenes mientras escucha el televisor, al ruido de sus chancletas por esta casa cuando se estrenó de abuela “clic clic”, a su voz portentosa capaz de llenar y silenciar aulas inmensas, a sus/nuestras manos, a su colección de conocimientos y su facilidad para comunicarlos, enseñarlos.

Si usted cree que soy encantadora, lamento que no haya conocido a mi madre. Es un encanto, un desesperante encanto, un valiente encanto; como es encantadora la gente que sabe por qué y para quién vive, la gente que no se hunde bajo sus dolores y que no se esconde tras miles de excusas. Cuando sea grande aspiro a ser como ella.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Mi amigo

Desde la acera vecina de la masculinidad, con la óptica de la (gloriosa, dolorosa, ajena, extraña, divertida, fascinante) experiencia de ser hombre, mi amigo comparte su recorrido conmigo y me enseña a apreciar, admirar, comprender, compadecer a los hombres, esos extraños.

Mi amigo tiene muchos nombres, vive en lugares muy diversos; es alto, bajo, puede tener ricitos de oro o largos cabellos castaños; sus ojos son verdes, cafés, negros. Mi amigo me cuenta su vida, sus logros, sus penas, sus sueños. Mi amigo me acompaña con esa manera incómoda que tienen los hombres de reaccionar ante el dolor del prójimo. Es un abrazo, una llamada, una mirada, un silencio.

Mi amigo esta feliz, porque está enamorado y viviendo la plenitud de un amor compartido con una persona que es tan hermosa como él. Mi amigo está buscando su lugar en el mundo a través de una soledad que ha escogido y que está aprendiendo a disfrutar desde el amor a si mismo. Mi amigo vive con intensidad un romance a punto de separarse, con la expectativa de un futuro a distancia. Mi amigo está triste porque su corazón no encuentra el consuelo a su dolor y lo busca, lo busca, lo busca; en la noche, en la compañía fugaz.

Mi amigo trabaja a pocos pasos de mi casa en una posición de servicio y poder. Mi amigo busca trabajo a un continente de distancia en un oficio que domina pero que no ama. Mi amigo vive en medio del frío y trabaja en el descubrimiento de si mismo y la liberación de muchas ataduras, muchas restricciones. Mi amigo me habla de libros, de música, de los planes que hace para comenzar de nuevo, comenzar por fin. Mi amigo me sorprende con su gusto musical y con la dulzura que conserva bajo un aspecto serio y contenido.

Mi amigo me enorgullece, me alegra, me acompaña, me preocupa, me duele. Mi amigo vive en el Norte, el Sur, el Este y el Oeste; en Guayaquil, Quito, Bogotá, Madrid. Mi amigo vive en un pueblo chico del estado de Nueva York y no sé nada de él. Mi amigo duerme a mi derecha y me da cada noche el beso de despedida. Mi amigo llora cada noche la ausencia de su compañera, su mejor amiga.

Mi amigo me enseña lo dulce, valiente, diverso, intenso, evasivo, complejo que es el ser humano al que llamamos hombre. Mi amigo es mi imagen reflejada en el espejo, mi guía y aprendiz. Es la mano que se extiende desde la otra orilla para vivir y comprender que el único sentido de este recorrido al que llamamos vida son los afectos y los descubrimientos. Y que esta clase de amor a la que le llamamos amistad, nos da tanto como el amor al que le llamamos pareja. Te amo, amigo.

lunes, 2 de octubre de 2006

Despedidas

Nos despedimos de algo, de alguien, todos los días. Tenemos corazón de viaje, dijo algún poeta, y es él quien nos lleva sutilmente hacia los finales de aquello que iniciamos. Nos quedamos con tan poco: recuerdos, fotos, canciones, versos, escenas, frases, aromas. Si tenemos suerte, conservamos afectos escogidos entre las mareas de rostros que vamos acumulando en la memoria, en la mayoría de los casos, demasiado frágil, tremendamente implacable.

Nos despedimos de personas, lugares, objetos, ideas. También de los que fuimos: un día nos miramos al espejo y nos gusta lo que vemos, o nos vemos en una foto y nos da una mezcla de ternura y compasión por aquello que fuimos. Fantaseamos alguna vez con volver en el tiempo con la ventaja de las experiencias adquiridas, de las actitudes ganadas a golpes y caricias. No hay tal, el pasado no existe, apenas como un slide show, un cuento ilustrado en los ojos de quienes han sido nuestros testigos por varios, muchos, todos los años.

Un día te despides de la persona que tenía el registro de tu vida desde antes que vieras la luz. Un día miras las fotos de bebé de tu hija y comparas con la pequeña persona que se para a tu lado a hacerte mil preguntas y sientes, comprendes, las miradas de tu madre. Para ellas/nosotras siempre estará vigente esa impronta de fuego que es la primera vez que se mira el cuerpo que se formó en la oscuridad de nuestro interior, cobijado en el sonido de nuestros latidos.

Llega alguna vez algún reencuentro, en una calle, un centro comercial, una llamada, te enfrentas con algún rostro querido y el cariño es igual y se hacen la promesa de volverse a ver, pero es en vano, lo que no se ató firme es difícil reanudarlo cuando pasan las circunstancias que te mantenían cerca. En contraste, hay gente con la que no importa el tiempo transcurrido, la conversación tan solo continúa, se actualiza y se desarrolla tal como antes, como siempre.

Tiempo de comienzos, tiempo de cambios, es también tiempo de despedidas. Da igual que se trate de una amiga entrañable, de una agradable voz que te acompañaba por la radio en el camino a través de la ciudad, de una casa, una ciudad, un país, un compañero de vida (aclaro, no es mi caso), una juventud que no puedes establecer en qué momento terminó. En cada despedida también das la bienvenida a nuevas y distintas posibilidades. Y a tu lado están los que has cosechado en el camino, los que te llevas bajo el brazo a dónde sea que vayas, los que llevas marcados en las cicatrices del corazón. A veces duele, a veces causa expectativa, nunca pasa sin dejar huellas.

Ya lo puso William Shakespeare en labios de su Julieta: “despedirse es un pesar tan dulce”/”parting is such sweet sorrow”. ¿Cuál es la despedida que más te ha costado? ¿Cuál la que más te ha enriquecido/beneficiado? Yo empiezo con dos respuestas brevísimas: la muerte de mi madre y haberme ido a vivir sola un año a Quito.

jueves, 7 de septiembre de 2006

Tu coherencia

Podría empezar diciendo, querido amigo, que me duele tu dolor como si fuera mío, porque es apenas el atisbo del que algún día todos hemos de tener: perder al amado o la compañera, despedirse de la vida transcurrida cogidos de esa mano y conversada con esos ojos.

Pero lo que quiero decir va más allá de la compasión genuina, pasa por una admiración cierta y decidida de un aspecto de tu personalidad que nunca ha sido tan evidente como en este momento tan duro de tu vida: tu coherencia total con tus ideas.

No haces como el hombre común ante la “noche oscura del alma”: aferrarse a la tabla de salvación que se llama FE. Esa que nos promete que hay una vida después de la muerte, que la esencia de lo que amamos no es el cuerpo que deja de funcionar un día sino un alma eterna que anima esta marioneta de carne, hueso y fluidos.

Me has dicho en el pasillo de la clínica “soy muy cartesiano, esto es, pienso luego existo”. Me has dicho también “cómo quisiera creer, los creyentes nunca pierden, Dios nunca pierde. Si alguien muere se dice que es la voluntad de Dios, si se salva que es un milagro”. Acaricias la idea de un Dios, rechazas de plano las prácticas de las religiones, sus contradicciones y su rigidez. Su falta, en fin, de humanismo, doctrina que predicas y practicas y en la que encuentras tantas simpatías con el Jesús de los evangelios, el que no callaba verdades, el que amaba a sus enemigos, el que dijo que el mandamiento nuevo y principal era “amar al prójimo como a ti mismo”.

En estos días son muchos los que desearían que te “convirtieras”, piensan que el mayor consuelo lo encontrarías en ese Dios cuya idea ponderas, cuya existencia acaso anhelas. Yo no pido tu cambio. Desde la vecina orilla de mi fe, te quiero decir que me has dado una muestra de templanza que pocos creyentes tienen. Has aceptado, sufrido, llorado todo lo sucedido, diría que hasta con estoicismo. (Aunque no has tenido problemas en llorar tu llanto en público y guardar tu duelo en el silencio que ahora inunda tu vida). Mucho más admirable frente a la angustia de la nada en la que, de acuerdo a tu racionalidad, se ha sumido tu/nuestra amada.

Estos son tiempos en que la gente acomoda hasta las opiniones más triviales con la corriente general. Los que tienen un Dios entregado desde la cuna, asimilado en la cultura, vivido únicamente a través de la tradición no investigan tanto, ni leen tanto, ni se interpelan tanto sobre el Dios posible como tú lo has hecho a lo largo de tu vida. Crees que no existe, pero cómo lo buscas, querido mío, cómo quisieras que alguien te pudiera demostrar cabalmente su existencia.

Hemos hablado muchas veces del tema. Concuerdo contigo en muchas cosas de la forma, en muchos cuestionamientos de la estructura. Como sabes mi ideología espiritual es una mezcla muy heterogénea de corrientes, centrada, eso si, en una firme devoción por Jesús el Cristo. No se me haría natural un vecino converso, clamando al cielo la gracia del Espíritu, emulando a los predicadores. Dudaría mucho de tu estado mental, a decir verdad. (Además, vamos, quién te aguantaría).

Sospecho, sin perjuicio de lo anterior, que en tu oración silenciosa le pides al Dios que si por si acaso existe la tenga a ella muy cerca de su corazón por sus muchas virtudes. Y que si acaso hay más vida después de esta, les permita reencontrarse. Y que luego de haberlo pensado por un instante, te sonríes sarcásticamente y piensas de nuevo en el absurdo y que un hombre de tu edad no debería estar hablando solo… porque puede ser que un día alguien empiece a darle las respuestas.

lunes, 28 de agosto de 2006

No somos más...

Cuando, junto a la cama de una habitación en el cuarto piso de una clínica, las palabras nos quedan cortas nos da igual recurrir a los libros sagrados que a los poetas. Me quedo con esta canción de Jorge Drexler, para ti, hermana. No nos quedará más que ser adultas...

La edad del cielo

No somos mas
Que una gota de luz,
una estrella fugaz,
una chispa, tan sólo,
en la edad del cielo.

No somos lo
que quisieramos ser,
solo un breve latir
en un silencio antiguo
con la edad del cielo.

Calma, todo está en calma,
deja que el beso dure,
deja que el tiempo cure,
deja que el alma
tenga la misma edad
que la edad del cielo….

No somos más
que un puñado de mar,
una broma de Dios,
un capricho del sol
del jardin del cielo.

No damos pie
entre tanto tic tac,
entre tanto Big Bang,
sólo un grano de sal
en el mar del cielo.

Calma,
todo está en calma,
deja que el beso dure,
deja que el tiempo cure,
deja que el alma
tenga la misma edad
que la edad del cielo.

miércoles, 9 de agosto de 2006

¡Cuarenta, Isabelita!

Es un número serio, señora. Los entendidos, todos mayores de cuarenta, dicen que a esta edad las mujeres alcanzamos la plenitud. Ya lo irá demostrando usted. Si sacamos cuentas, nos conocemos desde mis dieciocho y sus veinticuatro por tanto esta amistad llega también a una respetable docena de años. Esto también habrá que celebrarlo.

Mi amiga anda por el mundo con otros nombres, para mi es Isabelita como yo soy Teresita para ella. Es un chiste interno que de tan viejo se volvió costumbre. Nuestra amistad comenzó en la universidad, cuando yo era una recién graduada y ella una mujer trabajadora que tenía dos cosas muy importantes: independencia y auto.

Isabelita es una mujer valiente, que no temió cambiar de carrera con varios años de avance porque descubrió otra vocación. (Caramba, ¡qué coincidencia!) Tiene una mente brillante, un humor ácido y una honestidad inmutable. Buena representante de Leo, tiene una melena felina, una dulzura controlada pero transparente, un carácter que puede llegar a la explosión sobre todo frente a lo injusto, lo irracional. (Es decir que no me gustaría ver noticieros a su lado…) Cuando eligió al Flaco como su compañero de vida me pareció la afortunada unión entre dos grandes corazones que se esfuerzan por no ser vulnerables. Sus dos maravillosos, brillantes, hijos son la confirmación de esa idea.

No es adepta a las demostraciones físicas de cariño pero lo demuestra con su presencia, su compañía. En las horas felices y las dolorosas, está. Tenemos muchísimas diferencias de opinión y sin embargo, nos encontramos en el medio, en algún lugar entre mi credulidad y su escepticismo, mi sentimentalismo y su practicidad.

Dices que no se te da lo cursi, ahora te toca, doña, aguantar esta edulcorada declaración de afecto. Te quiero, te admiro, te agradezco estos años de amistad, empezando por los años de “bohemia” y ahora con estos tiempos de bloggers, de nicks, de comments y de posts. Este “pos” va para “vos”.

domingo, 18 de junio de 2006

Padres

"On behalf of every man
Looking out for every girl
You are the god and the weight of her world

So fathers, be good to your daughters
Daughters will love like you do
Girls become lovers who turn into mothers
So mothers, be good to your daughters too".

Daughters, John Mayer

Nunca supe bien qué mismo es un padre. Corrijo: por seis años tuve el calor y la presencia de un abuelo maravilloso, bueno como las mañanas soleadas, corazón de oro, cejas pobladísimas, piel canela. Estamos los dos en las fotos, prendidos el uno de la otra, y estamos en los pocos pero nítidos recuerdos que tengo de ese hombre magnífico que tanto amor dio a los suyos, el “papi César”. Tras su partida, el rol de padre lo ejercieron las mujeres de mi familia. Así que la dimensión de la figura del padre se me escapaba de los conceptos. Hasta que tuve uno aquí en casa. Y me maravillo cada día ante el cuadro de amor, dedicación y conexión que existe entre un padre y su hija. Pienso en otros padres y creo que debo corregir de nuevo: entre este padre y nuestra hija.

Un día de octubre, el que sucesiva y simultáneamete ha sido mi amigo, mi novio y mi esposo se convirtió además en el padre de la princesa, el que recibe un “papiiiiito, llegaste” con abrazo y beso en la puerta, el de las discusiones del tipo “no-yo-te-adoro-más”, el que es un padrazo, en todos los aspectos. Es el compinche, el acolitador, el que salta al primer llanto, el que carga a la muchachita que necesita del abrazo para dormirse, (si, también el que tiene la espalda partida por ese motivo), el que se pone bravísimo y le da por ordenar agresivamente todo el desorden que una tarde en casa deja por el piso de toda la casa, cuando a la nena se le ocurre vaciar sus cajones porque sirven mejor como cunas para los muñecos.

La primera foto de ellos dos juntos lo debió anticipar todo, está él embelesado ante el trozo de vida que sostiene entre sus manos, la mirada de ambos fija en sus ojos. Se habían enamorado en ese instante. Sin embargo, lo que vino después ha sido mucho más de lo que esa imagen sugiere. Nada se compara con enamorarse de nuevo del hombre que se ama cuando se redescubre su capacidad de amar, esta vez en el rol de padre.

Nunca supe bien qué mismo es un padre, pero la vida me dio la oportunidad de conocer al mejor de todos y, mejor aún, de que sea mi hija la que disfrute de ese amor absoluto, incondicional, generoso. Doy gracias cada día por ese regalo y me siento honrada por estar aquí para presenciar y compartir cada momento de tu paternidad, contigo. Porque eres el padre que yo hubiera querido tener y me recuerdas tanto al que tuve en la primera infancia, que me marcó con el amor y la bondad, que me protegió de esa huella de abandono que el otro, el biológico, eligió. Y supongo que ha sido el recuerdo de esa bondad lo que me llevó a amarte a ti, por tu corazón de oro. He tenido padres maravillosos en mi vida: César, Bernie, Carlos, y tú.


jueves, 15 de junio de 2006

Músicos locos y un escritor barbón, ¡gran receta!


El estimadisimo y super sexy autor del (ahora extinto) blog "Mas allá de libros", antes conocido como Mean Mr. Mustard, ahora conocido con su nombre y sus dos apellidos, el grande, el único, Eduardo Varas Carvajal, estará la próxima semana en Radio 04.

No se lo pierdan, el Varas con su afición de coleccionar música rara y anécdotas de sus autores ha escogigo centrar su programa en los músicos locos. (Algunos clínicamente locos, de miedo...) (Alguna afinidad tendrá con el tema, vaya usted a saber...).

miércoles, 24 de mayo de 2006

Llega un día, amigo…

…en que se deben cerrar las puertas del pasado, en que uno se encuentra, en la calle, despojado, aturdido, despellejado.

Llega un día, maestro, en que los episodios no van más, las escenas llegan a un silencioso final, en que lo vivido duele más que lo soñado.

Llega un día, colega, en que te sientes desolado como la cucaracha que sobrevivió al holocausto y a tu alrededor encuentras hogares y hombros que esperan una palabra tuya para recibirte.

Llega un día, hermano, y, ¡carajo, resulta ser ese mismo día! en que, sin saberlo aún, sin sentirlo siquiera, de la tierra que hoy abonan tus lágrimas germina la vida.

miércoles, 8 de marzo de 2006

Otilia se fue

Otilia con 102 años, el pelo blanco, la piel morena arrugada, los dedos nudosos entrelazados, los ojos cerrados para siempre, reposa en su ataúd en una improvisada velación en su muy humilde casa. El ambiente es todo gris: gris del piso de cemento pulido, gris de las paredes de ladrillos cubiertos del polvo de los años, gris del color que está pintada su casa de dos pisos en el suburbio de Guayaquil, gris de la caja, las lámparas, las bases, todo el equipo fúnebre.

Su esposo, Daniel, está sentado a un lado de la capilla ardiente, creo que así se llama a esta exhibición necrófila, este acercamiento al rostro de la muerte. Juntos por 66 años, él cuenta ahora con 86. Se casaron por la iglesia un 6 de enero de 2001, entonces, escribí sobre aquella muestra de unión de parte de los dos y de devoción de parte de ella. Muchas cosas cambiaron en estos cinco años.

No puedo escapar a la tristeza de contemplar ese rostro querido, ahora sin vida. Sentada en esa sala, empiezo a ver su fantasma en todos los recuerdos que el lugar me evoca, y siento en ese instante su ausencia. Otilia ya no está. No estará esa cabecita blanca asomada en la ventana, no probaré de nuevo sus “cocadas” de zanahoria… y lamento no haber aprendido la receta.

La vida de Otilia fue una vida sencilla, acaso pequeña. No dirigió grandes empresas, no salvó vidas, ni tuvo descendencia. Pero fue un icono de su vecindario desde sus años de tendera al lado de su marido, un referente de una comunidad que asistió silenciosa a su despedida. Era una mujer luminosa, de gran sonrisa, de optimismo inagotable. Vivió y murió en la pobreza pero una pobreza digna, sin lamentos ni resentimientos.

Por sus 100 años de vida, en agosto de 2003, hubo una gran fiesta organizada por la gente del barrio y de la cercana parroquia de Domingo Savio. Hubo misa, flores, lagarteros, tortas, comida, con la abundancia que nace de la generosidad de los que tienen poco y comparten mucho. No hubo familia de sangre en esa fiesta, pero estaba presente una gran familia de los afectos sembrados en una larga vida.

Cuando mueren los mayores que nos conocen literalmente de toda la vida, una parte de nuestra infancia también muere, porque se desvanece el recuerdo, la imagen en sus retinas de nuestros primeros pasos, de nuestras familias, de nuestro paso por la vida. Con Otilia se va no solo mi infancia sino también la de mi madre y la juventud y la lucha de mis abuelos, sus vecinos y amigos.

Fue una agonía larga, un proceso lento producto de la vejez y no de la enfermedad. A veces, simplemente el cuerpo agotado y gastado, ya no sirve más para contenernos el espíritu. Otilia se fue y Daniel se quedó solo. Bien dicen que todas las historias de amor tienen un final triste.

Los lectores de este blog desde el inicio saben que no creo en este cuento del día de la mujer, pueden leerlo aquí pero no dejo de apreciar la coincidencia de escribir justo hoy sobre una mujer. Les recomiendo mucho, sin embargo, el editorial de hoy de Nelsa Curbelo en El Universo. Nota curiosa: el 22 de febrero pasado cumplió un año este blog, no lo recordé pero el post de ese día fue festivo, también por coincidencia.

jueves, 2 de marzo de 2006

Mi amigo imaginario

Tengo un amigo ni tan oculto, ni tan secreto. Querido entre los más queridos, grande en más de un sentido. Un amigo al que veo poco pero quiero mucho. Con él me une una afinidad, una identidad, una empatía. Hombre genial, hombre cálido, hombre único. Su presencia en mi vida la enriquece de muchas maneras, con su inteligencia, su experiencia de vida, su manera de sentir, su forma de pensar.

Si no fueras tan guapo, querido, te diría que te veo como al hermano que no he tenido. Me has extendido tu mano y tus ideas, has soportado mis frontales interpelaciones a los actos de tu vida pública. Me cuentas entre tus primeras militantes, desde aquella rueda de prensa en que me acerqué a pedirte fechas, hechos, no palabras. Yo mantuve por años, la distancia que el periodismo me imponía. Una vez terminada esa etapa cayeron todas las barreras y la amistad se tornó en entrañable. Tengo mucha fe en ti y en lo que el aporte de tu carisma le puede dar a este paisito que tanto queremos.

Tu llamada de hoy me dejó con el corazón volteado, con esa sensación agridulce de susto y gratitud por lo que pudo pasar y no pasó, y aún así, totalmente conmovida por la experiencia que pasaste, junto a nuestros dos queridos amigos, el mago y la bruja, fieles compañeros. No sé, me recordó esta urgencia, esta alerta, este no dejar pasar el abrazo ni la sonrisa, no dejar que la distancia entre nuestros legendarios almuerzos sea tan amplia que nos perdamos, incluso de todo. Me dio también esta necesidad de decirte, así, públicamente y con el perdón y el permiso de mi esposo, cuánto te quiero y cuánto me (nos) honra merecer tu amistad. Estas son mis flores para ti, querido.

domingo, 12 de febrero de 2006

Happy Bernie to you!

Cuando pasa en tu vida lo que pensaste que jamás pasaría, cuando pierdes lo que deseabas eterno e inmutable, aprendes de golpe la lección vacía tantas veces repetida: solo cuenta el Amor y cuánto, cómo, cuánto lo expresamos, cuánto le permitimos obrar sus milagros en nuestras vidas. Entonces miras a los lados y ves con quiénes cuentas, a dónde irías a buscar eso que ahora te falta, con quiénes pasarías esos momentos aparentemente simples pero que con la sencilla presencia te dan el calor que solo te da la compañía humana.

Así yo subo un piso hasta tu puerta muchos días, invitada o no, y me encuentro con ese ambiente que me conecta con gran parte de mi vida: ahí están desde siempre los gritos, las risas y ustedes, más viejos, más sabios, más dulces. Las batonas y el piano, el olor a café que se cuela por los tragaluces, las conversaciones sobre el último artículo, el próximo programa, los libros comentados y prestados, la sagrada novela de las ocho y media, y el libro en la mano, la puerta entrecerrada y el aire prendido toda la noche.

Estás tú frente a algún teclado, del piano o el computador. Está esa mirada que a veces es ausente, otras enfocada. Está el hacer estación de charla contigo y luego por separado con tu mujer, porque tú acaparas cualquier conversación. Estás presente además en los mejores recuerdos y me extendiste tu mano y tus ojos (con la hidráulica cada vez más descompuesta) en los momentos difíciles.

Quisiera que un abrazo mío te regalara todas las certezas y te ahuyentara todos los miedos. Quisiera que el amor alcanzara para todo y para todos. Sé que un día nos despediremos y en ese día, tal como hoy, te daré las gracias por tanta lección aprendida y por el parentesco totalmente correspondido.¡Salud!

jueves, 9 de febrero de 2006

Aires nuevos del norte cercano

Lean algo distinto acerca de la Colombia vecina, para que vean que no TODO el país está fascinado con Uribe. Muy recomendado el artículo de Opinión ¡Ay, Colombita!, de Carlos Villar Borda, genial maestro de siempre.

Un pasquín, el periódico de la O

miércoles, 1 de febrero de 2006

Revuelto de emociones

El bienvenido viento de la tarde entra con fuerza por la ventana del cuarto trasero, el que da a partes laterales de edificios feos pero por el que se recorta un cielo de postal con nubes en todos los tonos que van del gris al blanco en un fondo de azul celeste.

En una ventana del chat converso con la Bebé sobre el nacimiento de SU bebé, mi sobrino. Me cuenta el avance del cuarto. Escogemos por internet el diseño para unas tarjetas que le voy a hacer al chiquitín con los datos de su nacimiento. Son pequeños dibujos dulcemente cursis, cosas de mujeres, peor, cosas de madres, de esas que provocan aquellos “ooooooh” que los hombres detestan (¿y qué?).

En la computadora suena el disco de Jaime Cullum, con esa encantadora mezcla entre optimismo upbeat, virtuosismo al piano y melancolía jazzera. Con el perdón de Gene Kelly, “Singing in the rain” se siente más nueva que el primer día. El mismo disco suena en diferente tiempo en una computadora remota, que fue la que me originó la pica de escuchar al jovencito británico. (The British rule! London or Death!).

Recibo las malas noticias de Paulette Goddard, la vecina de blog, la compañera de interminables charlas en chat y en vivo. Su hija canina tiene un diagnóstico fatal. Al lado de ella, apenas soy aprendiz de “animal freak” (quien te "insultó" así no sabía que te estaba definiendo, querida). Recuerdo a mi querida compañera de adolescencia, ella, que se creía humana y encima, humana cascarrabias.

Más temprano fijé para la noche una cita para tomar café con una amiga de amistad reciente. Una sorpresa de mujer, una demostración de que la persona no es el personaje. Se irá pronto a vivir afuera por varios años y desde que lo sé, que fue el día en que nos conocimos, tengo nostalgia de esa ausencia. La amistad crecerá, lo sé, en la distancia, pero ¡justo ahora que estoy en la onda de practicar la presencia, doctora!

Suena el teléfono y una de mis madres queridas me llama. Conversamos poco pero muy significativo. Me lanza piropos que, viniendo de una mujer tan brillante como ella, me inflan el ego cual pecho de… ¿cómo se llama el bicho ese? (Este es un momento Tere, en que la llamaría a preguntar y se burlaría de mi por no recordarlo si es algo que SÉ). Me duele su dolor, su incertidumbre, tanto más grave en su actual situación de vida. Es tan poco lo que puedo hacer. Y lo hago. Voy a cruzar la puerta para ir a darle/recibir un abrazo. Las dos lo necesitamos.

viernes, 27 de enero de 2006

Declaración de gracias

Gracias por el mar.
Por la forma de mi rostro, mi sonrisa y mi silueta.
Por mis manos, delicadas y suaves como las tuyas.
Por esta mueca tuya que me descubro haciendo con frecuencia.

Gracias por treinta y un años de compañía.
Por ser calor incandescente.
Por ser vocación apasionada.
Por ser siempre joven.

Gracias por darme vida.
Por los dolores que callaste.
(Especialmente cuando era yo la autora).
Por el amor que desbordaste.

Gracias por los recuerdos.
Por las canciones.
Por las risas.
Por las lágrimas.

Gracias por seguirme educando.
Por la gracia de haberte tenido en mi vida.
Por haber conocido e idolatrado a nuestra princesa.
Por la forma perfecta y delicada de tu despedida.

Te amo, siempre.
Te extraño, siempre.
Te honro, siempre.