miércoles, 4 de mayo de 2005

Las madres que tengo

Tuve, tengo, me corre por las venas, una madre excepcional, compleja, completa, entregada aunque independiente, una diosa en sí misma. Dueña de una seguridad a toda prueba, luchadora, trabajadora, maestra en todo momento y en todo lugar. Me enseñó a ser, sin muchas palabras, sin una colección de máximas, tan solo con el ejemplo de su día a día de trabajo a doble jornada, de manejar todo el día por toda la ciudad y aún así separar tiempo y energía para compartir conmigo momentos especiales.

Ahora soy yo quien recorre la ciudad de un extremo a otro, recorriendo los caminos que ella me enseñó para evadir el tráfico, y siento que en ese detalle sencillo me enseñó una verdad más grande como puede ser que el camino principal, el más concurrido, el lleno de tráfico no siempre es el mejor para llegar al mismo destino que el resto, que solo conoce una manera de llegar.

Ahora vivo en el centro y recuerdo nuestras caminatas en época de vacaciones, cuando la acompañaba a bancos, almacenes, oficinas. El paseo siempre terminaba con un helado en La Palma o en el café de alguno de los hoteles de la zona. Parqueaba el carro lejos para evitar los cuidadores callejeros -los detestaba- y hacíamos que la mañana rindiera para muchos meses. Ja! Digo “hacíamos”, ella lo hacía y yo la seguía.

Tengo, tuve, una madre que fue madre soltera, que eligió darme vida cuando todo a su alrededor le pedía mi muerte. Y era mujer alegre, madre generosa pero firme, siempre joven, rodeada de jóvenes. Hace poco una compañera de colegio que se encuentra en la misma situación de vida que mi mami me dijo que siempre la recuerda cuando tiene ganas de quejarse. Recuerda su actitud de “si, la vida es dura, ¿y que?” y eso la ayuda a seguir adelante, a sonreír y disfrutar de sus hijos un día mas. El regalo multiplicador del ejemplo.

Tengo, tuve, una madre que eligió una muerte digna, sin esfuerzos desesperados. Que pidió un tratamiento no invasivo para su enfermedad y asumió con valentía las consecuencias cuando todo el mundo le decía que las posibilidades de éxito eran mínimas. Que rechazó el intento de aplicar una quimioterapia que solo la iba a debilitar mas de modo que los meses que pudiera ganar de vida fueran apenas una agonía prolongada, una tortura extendida. Que aceptó la llegada de la hermana muerte con una sonrisa, con el desprendimiento de saber que el camino no termina en ese umbral.

Tengo, tuve, una madre que me dio cosquillas, canciones, cuentos, anécdotas, collares, anillos, libros, consejos, que salía a cualquier hora a recogerme a cualquier lugar, que me dio protección, estructura, amor, amor, amor, amor. Ese amor que aun siento igual que la mañana en que me puso su mano flaca, que copiaron sus genes en mis manos, sobre el corazón y sentí una inundación de emoción, de calor, de AMOR que llevaré conmigo para siempre.

Ahora en el vacío de su espacio físico en mi vida, descubro y agradezco a las otras madres que tengo, las que me acompañaron desde antes, las que me quedaron, las que comparten su amor conmigo, las que admiro y a las que acudo cuando necesito un abrazo, una sonrisa, una buena conversación. Las que encarnan en si, la presencia del amor de mi mamá.

Está Evelina, madre tan distinta a la mía, pero de quien aprendí tantos detalles, tantas actitudes que son parte de mi vida. A quien quiero con una ternura que ella no se alcanza a imaginar, a quien quisiera proteger de tanta gente a su alrededor que quiere algo de ella, supermujer resuelvevidas. Eve gritona, Eve genial, Eve empresaria, Eve musical.

Está María Isabel, madre en esencia tan similar a mi Tere, dulce como el pan, práctica como la luz del sol, hermosa, cálida, recursiva, singular. Ella sí que sabe cuánto la quiere porque lo percibe, lo intuye, lo recibe. Y también lo da.

También está Mercy, la espiritual Mercy, la Mercy con la que uno empieza y no termina de hablar nunca, igual que con su hija querida. La Mercy que me recibió en un abrazo sin palabras la tarde de octubre en que venía de escuchar que no había marcha atrás con la enfermedad de mi mami, que la ventana de oportunidad para una operación salvadora se había cerrado para siempre. Fui hasta ella porque necesitaba un abrazo de mamá. Lo encontré y sé que esta allí para siempre.

Estas madres son un poco madres mías porque son las mujeres que trajeron al mundo a las hermanas que la vida me regaló, las hermanas del alma, las que cubren el rango de mi vida, mi infancia, mi adolescencia, mi paso a la adultez.

Está también la madre que llevo dentro, la que soy para Emilia. La que nació el 31 de octubre de 2002, a las 6 y 18 de la mañana, al mismo tiempo que esa vida en ebullición que es mi hija. La que desde entonces tiene las antenas sintonizadas a esa vocecita y a esa entonación de mi nuevo nombre: MAMI.

No hay comentarios: