sábado, 27 de agosto de 2005

Punto de in(re)flexión


Quiero decir que lo siento. Y aquí cabe un doblesentido, el “lo siento” que es expresión de compasión por la pena del otro, y el “lo siento” que es conjugación en primera persona del verbo sentir. Siento que haya personas queridas que tienen días grises, días de cambio, días de no saber si sentir alivio o desarraigo. Siento que, confrontada ante el evento de una ruptura, me ha tocado ver la otra cara de la moneda y acompañar a la persona que recibió el “no va más” y siente el crujir de las ilusiones vueltas puñales y preguntas. He visto lo que sentiste y me avergüenzo de haberte hecho daño. Entiendo en este momento que cuando se habla de perdón no hay reparación real hasta que no se comprende (se siente, se sufre, se compadece) el dolor causado y se lamenta haber sido la “perpretadora” de ese daño.

Y como hice una vez con la Tere, te pido perdón aunque no me arrepienta de las decisiones tomadas, las acciones realizadas. Eran necesarias, eran el bien mayor, eran la honestidad y el crecimiento. Pero reconozco y valido tu emoción rota, no ofrezco restauración, como es obvio, pero te doy reconocimiento. Lo siento. Ahora hay la suficiente distancia como para volver una mirada honesta a ese momento y ofrecer una disculpa que ya sabemos que no tiene tinte ni de confusión ni de esperanza.

Cuando decides romper una relación el que lo piensa por días, semanas, meses, está sufriendo la ruptura por anticipado, desanuda los lazos poco a poco, cuestiona, evalúa, se despide. Cada encuentro es despedida; cada encuentro es un intento de recuperar esa emoción, esa chispa, esa promesa; pero cada encuentro es una desilusión, es el escozor de la certeza, el duelo de los años recorridos, es el repaso triste de los pasos dados, los que nos unen y los que nos apartan.

El que rompe, (aunque haya sido tan cobarde como para no alcanzar a pronunciar las palabras antes de romper a sollozar) ya sufrió antes, ya pensó, ya lloró, ya se culpó, ya se perdonó, ya vivió ese momento cientos de veces en su cabeza. El que recibe la noticia se estrella de golpe contra la pared cerrada, se encuentra de repente con una mano vacía, con un asiento de más en el auto, con una colección de cartas, fotos, tarjetas, momentos, que hasta instantes antes decía “para siempre” y ahora gritan “nunca más”. Y la rabia y los por qués y los reclamos mudos y ese abandono, esa tristeza, ese niño roto que se agazapa en la conciencia. Y sobre todo ese “no me lo esperaba”, “no me lo merecía”.

(Y la verdad es que en materia de amores no es concurso de merecimientos, no es carrera profesional. Es. Simplemente es. Cuando no es, nada puede ayudar a fabricarlo, nada ni nadie debería obligar a nadie a quedarse con nada menos que un amor total).

Te guardo en la historia de mi vida con cariño, con valor, con recuerdos lindos, con todas tus cualidades, con las personas, los lugares, los eventos, las risas, los abrazos, las pizzas de cebolla, los paseos en el auto, las noches y los días. Siempre hablo cosas buenas de ti porque no tengo nada malo que decir. No me da, sin embargo, la nostalgia para decir que preferiría que nada hubiera pasado y pudiéramos ser amigos. No se puede tener todo en la vida, no se debe tener todo en la vida. Tuvimos cinco años de vida y crecimiento que marcan una época, un recuerdo, un punto de inflexión. Este, supongo, es mi regalo de bodas para ti. Aunque mas bien, podría considerarse una despedida de soltero, dado que formo parte de la parte de la historia del “antes” que llamamos soltería. Que tu “después” sea tan pródigo y feliz como el mío.

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